martes, 29 de enero de 2013

Artículo taurino -Esbozo literario- por José Román 06-09-1892

Capítulo 17



ESBOZO

A  mi querido amigo Enrique Gómez de la Mata.

    Por entre los nubarrones de polvo que levantan las ligeras carreteras, los caballos al galope y la multitud impaciente que se dirige a la Plaza, va el coche de los toreros seguidos por un centenar de chicos que vocean más que los mayorales y que se pierden entre el torbellino de carruajes que pretendiendo adelantarse unos a otros, van todos al Circo.

    Allá se le ve a lo lejos. Las banderas colocadas en los altos aleros de sus tejados flotan al aire y de vez en cuando se sacuden violentamente agitadas por una racha de viento, como si quisieran desasirse del paso del sol, aquel sol agresivo de los trópicos, que gravita sobre ellas como voluminoso fardo de plomo.

    Las puertas del edificio se abren de par en par, rechinando sobre sus goznes. Una oleada de gente quiere precipitarse tras los lidiadores, que ágiles saltan del estribo y con los vistosos capotillos al hombro penetran en el amplio portal, que se cierra tras ellos con sonoro estrépito.

    Allí hay apretones de manos, bienvenidas, halagos y chistes a granel entre toreros y conocidos. En aquellos grupos no se presiente la lucha, porque la alegría extiende sus alas sobre ellos. Un torero de tez morena, continente airoso y con el sello de la valentía impreso en el rostro, se acerca despacio a la puerta de salida al Circo. Los rayos del sol, que brillan con enérgica intensidad en el espacio, se reflejan centenares de veces sobre los recamados adornos de su traje.

    En la Plaza, sobre los tendidos y palcos hay un verdadero oleaje de cabezas humanas que hormiguean sin tregua, y una exclamación unánime de alegría acoge al espada al presentarse en la puerta.

    ¡Ya están ahí! Se oye gritar en toda la plaza, desde las gradas a las barreras, y desde aquel momento todas las miradas se dirigen a aquel punto. Varios toreros más, se acercan a la puerta, entornados los ojos y puesta la mano sobre ellos para evitar el abrazador contacto del sol.

    Los abanicos se mueven con vertiginoso aleteo. En la masa humana se nota un movimiento general hacia un lado. El Presidente, sombrero en mano, saluda al público y la ancha puerta de toreros se abre de par en par.

    La música empieza a tocar de pronto. Diez mil voces que se confunden apagan casi los armoniosos sonidos de la banda. A la cabeza de las cuadrillas se colocan los espadas, terciando el vistoso capotillo. El Presidente hace la señal. Ya salen…

    Los picadores están colocados en sus sitios. El primer espada está a la izquierda de uno de ellos, en gallarda postura, echado al brazo el amplio capote de brega.

    En su tostado rostro, a pesar de que parece sonreír, se nota un ligero tinte de tristeza. No es nada… ¿Es quizás, la primera vez que va a luchar con una fiera?

    El vibrante toque del clarín anuncia al público que va a salir el primer toro. La lucha va a empezar. Los peones se afirman las cintas de las zapatillas, y los picadores se colocan bien en sus asientos y embrazan la pesada garrocha. Un silencio profundo reina en toda la plaza, cuando un hombre, aproximándose a la puerta del toril, observa por el agujero. Todas las miradas se dirigen a aquel sitio y se reconcentran en aquella persona. El pueblo calla… Diríase que es el silencio precursor de las grandes tempestades… la pesada puerta del toril gira con lentitud. Hay un momento de expectación suprema… El hombre, de pronto, rápido como la centella se oculta tras el portalón, y la fiera se presenta en la plaza.

    Diez mil almas a un mismo tiempo lanzan una exclamación de asombro. La pujante bestia, temblorosa las carnes, alta la potente cabeza, cubierta de rizos y con terribles y acerados cuernos, está asombrada, no sabe a donde ir.

    Sí, ha visto un hombre, un hombre que le flamea un trapo rojo y allá va aquella masa de carne, envuelta en un remolino de polvo en busca del osado que la provoca. En la plaza se escucha un grito de espanto. La fiera ha llegado a casi tocar en su carrera al hombre que ágil como ciervo perseguido ha saltado las tablas. El burlado bruto al verse solo da un terrible hachazo a la valla, cuyo maderamen tiembla y cruje como si se quejara…

    Un hombre a caballo se acerca. La fiera se reconcentra como león que va a saltar y de pronto se lanza sobre el grupo. Sus cuernos se hunden hasta el pelo en los pechos del indefenso caballo, que levantando por el tremendo empuje cae con el jinete.

    Otro nuevo grito se escucha en la multitud, El toro, sediento de lucha, ensangrentada la potente cabeza, ha saltado por encima de la victima y se revuelve en busca del jinete…

    Un trapo rojo manejado por hábil mano se interpone de pronto entre el cuerpo del picador caído en tierra boca abajo, y los cuernos. Por entre los pliegues de aquel capote pasa zumbando la cabeza del animal, que engreído con el engaño sale a los tercios de la plaza, donde el espada, después de un gracioso recorte, se queda ante él, quitada la montera y en varonil postura.

    La multitud se pone en pié. Una tormenta de aplausos estalla en los ámbitos del circo. Aquella muchedumbre, como un solo hombre, aplaude frenéticamente…

    Y, por encima de todos aquellos aplausos, allá, muy lejos de la plaza, adivina por un momento el valeroso espada una carita humilde, una débil luz que apenas ilumina la imagen de un Cristo, unas mujeres de rodillas ante la imagen, y una santa oración que borbotea en sus labios.

                                                         José Roman. 6 de septiembre de 1892.









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