domingo, 3 de febrero de 2013

Cuernos, Reportaje taurino, por E. G. de la Mata

Capítulo 22



CUERNOS


                             Con un bastón de “primera”
                        un revolver y una faca
                         me armé a las tres de la tarde
                         y me dirigí a la plaza.
                             Tuve que tomar un coche,
                         pues mis piernas se negaban
                         a sostenerme, del miedo
                         horrible que me embargaba.
                         Entré en el circo taurino
                         y me escondí en una valla
                          temiendo que algún valiente
                         de esos que me amenazaban
                         fuera entonces a buscarme
                         para cumplir su amenaza.
                              Intenté tomar apuntes
                        y no pude escribir nada;
                         el lápiz se me caía,
                         la vista se me nublaba
                         y por tirar la colilla
                         tiré el sombrero a la plaza.
                             ¡Qué momentos tan terribles!
                             ¿Qué aguardarán, me pensaba,
                         Que no vienen a pegarme
                          esos valientes de marras?
                         ¿Si se habrán arrepentido?
                         ¿les habré inspirado lástima?

                             En estas cavilaciones
                         me sorprendió la algazara
                          que el público promovía
                          en señal de que empezaba
                          con los saludos de rúbrica
                          la taurómaca ensalada.



    Me acomodé en mi asiento, levanté un poco la cabeza, tomé una caña de manzanilla, y. algo reanimado con esto, me atreví a tender una mirada sobre el numeroso público que asistía a la función.

    Había, mezclados en artística confusión, muchos hombres guapísimos y elegantísimos con bigotes hasta allí y pantalones rayados, hasta allá.

    Todos respiraban poesía hasta por la solapa del chaleco.

    ¡Cuánta alegría! ¡Qué sombreros hongos y de paja, y qué calcetines tan interesantes!
    Del las numerosísimas y encantadoras mujeres, que eran el alma de la poética fiesta nacional española, no dijo nada porque si las alabo cual se merecen, hay “hombres” que se escandalizan por ello y me lo critican luego.

    Al frente de la cuadrilla marchaba, luciendo su peculiar esbeltez, Don Joselito, importantísimo enano y conocido comerciante de Gibraltar quien en los ratos que le deja libre la “calentita” se dedica al cultivo de los cuernos, o sea, al toreo.

    Detrás de los diestros iban dos chisteras, dos levitas, dos pares de patillas de pelo natural y un antiguo y acreditado catre de tijeras.

    A medida que la cuadrilla se aproximaba fuimos notando, con sorpresa, que bajo los sombreros de copa y envueltos entre las levitas y los pelos venían dos individuos que, según nos manifestó un espectador inteligente, eran dos sabios doctores especialistas en eso de “cogidas”.

    Uno de ellos curó en cierta ocasión a Costillares unos dolores de vientre terribles, que el célebre diestro padecía cada vez que comía boquerones fritos.

    Cambiando el satén por el percal (esto del percal no es alusión a nadie, ¿eh?) diose permiso para salir al …

    PRIMERO. Color de hábito del Carmen, con volantes negros y cuernos bastante hipócritas.

    Los piqueros quisieron entrar en conversación con él pero no lo consiguieron por “mor” del idioma que no pudo ser comprendido por el bicho.

    Le adornaron los chicos con cinco medios pares estilo Brillat-Savarin y pasó a habérselas con mi amigo Antonio Corrales que actuaba de primer estoque,

                          Quién después de varios pases
                          dados en la misma cara
                          echó a rodar al becerro
                          de solo media estocada.

    ¡Estuvo V. superior, compañero! Palmas, música, sombreros y cigarros. Uno de los dos doctores arroja por alto la sombrerera que al caer majestuosamente por poco mata a un mono sabio.

    SEGUNDO. Color de alcachofa rellena, con ribetes de manteca blanca.

    Para vengar la muerte de su hermano contra el primer espada arremetió, haciéndole pegar un batacazo… de “mistó”

    Hizo varias veces por los pencos, pero ¡como si no!

    Le pusieron tres palos.
    El joven Rodríguez que antes había salido a pedir la llave y que se quedó luego a pié presenciando la lidia, fue casi cogido por el bicho, librándose milagrosamente gracias a unas espuelas de verdad que llevaba puestas.

    Tocan a matar y el segundo espada, cuyo nombre siento no recordar, brinde a y propina al enano, digo, al becerro, un puñado de pases y después de cinco pinchazos descabella a la primera.

    Palmas.

    TERCERO. De pelo de cabra celeste, con hilos de plata.

    Lo torearon al alimón, bien el señor Corrales y otro.

    La caballería incólume. Un banderillero que tampoco sé su nombre clava un par superior. Otro banderillero que tampoco ídem, medio.

    El señor enano pega al becerro dos papeles de a dos, con pimienta.

    Citando, se le cayó la batea y la cuchilla.
                         Y allá va otra vez Corrales
                          con la espada y la muleta,
                         dispuesto a matar al bicho
                          de la primera estocada.

    Propina varios pases anarquistas y después de dos petardos descabella de primera intención.

    CUARTO. Color de galápago aburrido, cuernos sobrepuestos, un poco metido en carnes y muy bien hablado.

                    En sus jamelgos de tallado roble
                    continúan ufanos los piqueros,
                     con donaire gentil al par que noble,
                    exhibiendo sus cuerpos sandungueros.
                    Y un amigo que decía:
                     -Deben estar aburridos,
                     pues todavía, ninguno ha llevado un batacazo.

    Cuelgan al animalito tres medios pares de calcetines y cambian la suerte.

    Un banderillero, el señor Espinosa, solicita permiso para matar; se lo conceden y pronuncia el siguiente brindis:

                  Brindo por La Presidencia;
                  por “toas” las niñas bonitas,
                 por la gente de mi tierra
                 y la buena manzanilla.

     Se dirige al becerro, y apenas dio dos o tres pases, se llenó el ruedo de gente, siéndole imposible continuar la faena.

              La corrida muy lucida,
              el público complacido,
              en fin, que fue una corrida
             de padre y muy señor “mido”.
 
             No me ha sido posible,
             y lo lamento,
             el recordar los nombres
             de los toreros.
            Pues a la entrada
            se quedaron dos socios
            con el programa.

    En medio de aquel desbarajuste no sé ni como murió el animalito.
    Creo que asfixiado.

    Salí de la plaza con el alma en un hilo y el cuerpo en una madeja.
    ¡Pícaro miedo!
    ¡Y eso que no hubo ningún valiente que me dijese nada!
    Si no, me desmayo, seguro.

    Reciba la Sociedad organizadora de la corrida, la expresión de mi agradecimiento por la atenta invitación con que se sirvió honrarme al par que mi enhorabuena por el lisonjero éxito alcanzado.

                               E. Gómez de la Mata. 29, agosto, 1893.









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