miércoles, 6 de marzo de 2013

Cosas de matones

Capítulo 46




COSAS DE MATONES
(Tal como me lo contaron)


   La Línea crecía en habitantes y edificios al ritmo de los trabajos de Gibraltar. Calles, comercios, industrias, establecimientos de todas clases aparecían sin interrupción como el oleaje del pleamar. Y lo que más abundaban eran las tabernas y cafés que, por la mañana abarrotaban los obreros que marchaban a la vecina plaza, y por las tardes y noches, las mesas de juego y las tertulias retenían otra suerte de gente que hacían del establecimiento una especie de camino popular.

    Existía allá por los tiempos de este relato un café en la calle Real, esquina a la de Ramón y Cajal, exactamente en lo que actualmente ocupa el Banco Hispano Americano. No recuerdo si entonces el establecimiento se denominaba el Blanco y Negro, o el A B C con cuyo nombre pisó los años primeros de la segunda mitad del presente siglo. Lo que si quiero recordar es que el propietario se llamaba Diego Manga.

    En  una ocasión, llegó a La Línea un matón baratero procedente de Málaga. Vino atraído por el olor del dinero fácil ganado con muchos sudores, y que muchos insensatos se dejaban, noche tras noches, en las timbas que tanto abundaban. Creo que el matón de marra se llamaba Morales. Su olfato le llevó hasta el café de Manga. Reconoció al terreno y se mantuvo observante en silencio todo el tiempo que necesitó para hacerse cargo de la situación. Y cuando lo creyó oportuno, gritó: --“Ya pueden ir echando en este pañuelo to el parné que tengan. Pero que no intente nadie escurrirse que aquí mismo lo jinco” -- Y al mismo tiempo que decía su “pregón” con calma y muy sereno, puso un pañuelo de los llamados de hierba, muy sucio por cierto, sobre la mesa de billar. Se recostó de espalda sobre el mostrador enseñando lo que el angelito traía en la cintura: una pistola del doce, de dos cañones y balas de pistón, y una navaja albaceteña que, hasta en manos de un santo cortaba el resuello al más pintado.

    Al pronto se hizo un silencio profundo; nadie chistaba, y todos los parroquianos, blancos como la pared, reflejaban en sus semblantes el miedo, la sorpresa y la rabia, pero nadie habló ni siquiera para protestar. Acobardados desfilaron ante el pañuelo, unos depositando dos o tres pesetas que tenían por único capital, otros, los más beneficiados en el juego, cinco o seis duros; hubo quienes no tenían ni un céntimo y se limitaban a sacarse los forros de los bolsillos en señal indiscutible de que poseían menos dinero que un bañista desnudo; y no faltó quien, a falta de otra cosa, depositó el reloj de bolsillo o el anillo de casamiento. Solo uno, con cara llorona expuso que no tenía absolutamente nada que dar, y era verdad, se trataba de un asiduo mirón que desconocía al rey por la moneda.

    --Y que nadie sarga daquí hasta que yo avise, ¿estamos? --. Dijo entre risueño y campechano mientras aceptaba la cobarde sumisión de los atemorizados infelices que, poco a poco, sin prisas, enriquecían el pañuelo.

    Un chaval que presenció la escena y en el que nadie puso atención se escurrió del café y corrió a avisar a Calvente, el matón del lugar. Sabido es que ningún matón tolera que otra de su calaña le pise el terreno que considera suyo, y suelen hacer del asunto un caso de honor consistente en espantar el inoportuno que se mete en berenjenal ajeno.
    El tal Calvente era un hombre tranquilo, él no se tenía por matón, sino por hombre de mala suerte., bravo entre los bravos, pero más habilidoso que los que tuvieron la desgracia de tenerlo por enemigo. Tenía el hablar reposado y la acción lenta, como si nunca tuviese prisa. Según decían los que lo habían tratado, jamás hizo daño a ninguno que no tuviese malas intenciones y peores hechos. El se decía ser contrabandista, y tenía dos muertes a su cargo, según él, en buena lid. No le temía a nadie, ya fueran Guardias Civiles o Carabineros, con los que tuvo varios encuentros serios que, a la postre, le dieron gran fama de “hombre de pelo en pecho”. Los que lo conocieron bien, decían que era una buena persona influido por una mala estrella; que era amigo de proteger al débil y de castigar al fuerte. Donde se estuviese cometiendo un atropello o una injusticia, allí aparecía Calvente para desfacer el entuerto y meterle el resuello para dentro al causante del daño, sin importarle un comino que éste fuese un simple particular o una autoridad.

    Llegó Calvente al callejón lateral, y, muy tranquilo amarró la jaca a la argolla de la pared. Entró en el establecimiento con andar cadencioso, se acercó al matón y, sin mediar palabras, lo cogió por la solapa de la chaqueta, lo zamarreó como a un pelele de rostro blanco y ojos aterrados por la sorpresa, mientras que con la mano libre le dio dos guantazos de “vaivén” al tiempo que le decía: -- Y ahora pon ahí encima la navaja y la pistola, que esas cosas a ti no te sirven.—

    Obedeció el malagueño como un autómata desbridado. No dijo esta boca es mía, ni tuvo acción sino para hacer lo que se le mandaba.

     --¡Y, hala, de naja! ¡Que no te vea por aquí! A La Línea no tienes tú por qué venir, ¿entiendes? Si alguna vez me enterara que has vuelto te buscaría y … ¡no lo olvides, so cobarde, matón ventajista!--.

    Sin dejar de zamarrearlo lo sacó a la calle por la puerta lateral, y allí le dio una patada que lo tiró de boca sobre el adoquinado.

    --¡Hala, de aquí! ¡No te olvides de mi encargo!

    Huyó el forastero; huyó de forma que no se le ha vuelto a ver el pelo por estos lugares, según el decir de la gente.

    Calvente regresó al café como si nada hubiera ocurrido.

  --Recoged eso; cada uno lo suyo, que nadie toque la pistola y la navaja que son para mi.

     -- Hombre,  Calvente; has tenido buena oportunidad – Dijo el dueño del café dándole tortasito cariñosos. – Nos cogió de sorpresa, y, ya sabes tú lo que son estas cosas, nadie quiere comprometerse con un tío malage

    -- Parece mentira que con tanta gente no hubiese uno que le hiciese cara.

    -- Tienes toda la razón, pero debes comprender que, enfrentarse con un gachó de esos…

    -- Pero, hombre, el fulano es un gallina, ¿no has visto que era un cobarde?¡Si eso no vale ná, hombre! ¡Si no vale ná!

    Allí terminó el episodio; no hubo “desaborición” ni el caso pasó a mayores, y es que hay por el mundo muchos “Jaques de ajedrez”.


                          
                                               Antonio Cruz de los Santos.





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