miércoles, 13 de marzo de 2013

La Faena de Don José Veret

Capítulo 52




“LA FAENA DE DON JOSÉ VERET”
  

    ¿Quién no recuerda a don José Veret, el Jefe de la Guardia Municipal? ¿Quién no ha conocido su estampa gallarda, su imponente corpulencia que el bien cuidado uniforme hacía más soberbia? Un bigotillo de guías cenitales, de los llamados “a lo Kaiser” contribuía a que nuestro buen amigo tuviese aún el aspecto más respetable. En algunas ocasiones, cuando tachonaba su enorme pecho con decoraciones y distintivos, parecía la esfinge arrogante de Marte moderno,  lo que –justo es decirlo- puso en aprietos más de una vez a los militares forasteros con que  se tropezaba, creían haberse dado de boca con algún General o con el mismo Ministro de la Guerra. Los soldados ingleses que nos visitaban de uniforme le hacían saludos marcialísimos, como si hubieran visto al Mariscal de Campo de los Ejércitos Británicos.

    Estas ocurrencias del Jefe de la Guardia Municipal produjeron algunos sinsabores, especialmente cuando intervenía con sus quejas o rapapolvos el Comandante Militar de la Ciudad.

    Sin embargo, por lo inofensivo y característico, preferíamos a don José Veret arrogante y vanidoso mejor que desvaído tras una adocenada figura. Era algo tan nuestro, tan propio de aquellos tiempos ingenuos que todos los linenses de plateada testa lo recordamos con cariño.

    Más no todo era en nuestro personaje fachada de relumbrón. Tenía también sus pequeñas grandes cosas privativas de su carácter autoritario poseído del papel que representaba como Jefe de la Guardia.

    En una ocasión, allá por el año 1915, justamente el 25 de julio, en una corrida de toros, don José Veret se ganó la ovación más grande y cordial de su vida. Los toros de aquella corrida resultaron mansurrones  muy aficionados a saltar la barrera. En aquellos tiempos ocupaban la barrera una multitud de más de doscientas personas. ¿A tenor de qué gozaban de ese privilegio? Nunca lo supe, ni tampoco quienes eran, aunque los suponía obreros especializados como carpinteros, areneros, camilleros, periodistas, autoridades, ganaderos, ayudantes y amigos de los diestros, apoderados, etc, es decir, un ejercito de estorbantes.

    Un toro saltó la barrera, empitonó a uno de estos privilegiados hiriéndolo de gravedad. El público protestó ruidosamente. Protesta que se prolongó hasta que don José Veret, en un arranque enérgico, arremetió contra “los barreristas” empujando a unos, inquiriendo a otros, amenazando a muchos, y, sobre todo, coaccionando con su imponente autoridad. De esta forma despejó el callejón en menos tiempo del que empleo en relatar el episodio.

    El gesto oportuno y enérgico del digno Jefe de la Guardia Municipal fue acogido con tales muestras de aprobación y simpatías que culminó en la mayor y más calurosa ovación que se ha dado en la Plaza de Toros de La Línea.

    En aquellos momentos inolvidables tenía don José Veret la gallarda estampa de un Aquiles redivivo. Y tal como le vieron entonces lo recuerdan sus contemporáneos, pese a que la llovizna de los años va borrando implacablemente de la mente los recuerdos y emociones pasadas

                                             A. CRUZ.
   





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