sábado, 16 de marzo de 2013

Las Perras de Barba y el motivo de su recogida

Capítulo 53

LAS PERRAS DE BARBA


    Uno de los episodios que más ampliamente caló en el ánimo de los linenses fue el vulgar acontecimiento que todos recordamos como el de las “perras de barba”. Durante mucho tiempo protagonizó las comidillas en todas las tertulias, en las reuniones de cafés, casinos y tabernas, en toda clase de mentideros, incluso entre las ingenuas comadres, hasta que por fin, terminó su reinado en las letrillas candentes de las murgas carnavaleras.

    El suceso en sí no tuvo más importancia que el de un engaño más de los muchos que a diario se descubren en el mundillo de los negocios, para las musas hambrientas del pueblo le dieron un calibre mayor del que en realidad le correspondía, y pasó a ser algo insólito, digno de figurar en las crónicas históricas que la Clio de delantal y pantuflas pergueña para el anecdotario popular.

    En este rincón de la Baja Andalucía, la Geografía y la Historia crearon en los aspectos físico y político un ambiente cosmopolita en el que existían mezclados nacionalidades, razas, sectas religiosas y todo cuanto constituye diferencia de costumbres entre los hombres, sin que jamás, se produjese roces o problemas que tanto abundan en otros lugares similares del planeta. Cada uno iba a lo suyo y nada más. El signo imperante en este ambiente era el económico, porque todos giraban en torno del trabajo y el comercio. No había otros problemas, y si los hubiera habido serían secundarios.

    Era muy corriente ver ambulando por las calles de La Línea a negros procedentes de África, de nariz ensortijada, o diminutos ciudadanos del Celeste Imperio, de tez amarilla, o indostánicos de suave piel y blancos turbantes, o siberianos de rasgos mongólicos, o australianos corpulentos. En ocasiones parecía la ciudad como una avanzada de Babel, pero sin complicaciones de ningún estilo. Todo dependía de la variedad y cantidad de buques extranjeros surtos en la Bahía de Gibraltar.

    Algo parecido a esta mezcla ocurría con las monedas de uso corriente. En la vecina plaza existía entonces un número crecido de covachuelas regentadas por judíos, comercios de indios y Casas Bancarias particulares que efectuaban operaciones de cambio, de compra y venta con toda clase de divisas. Y no era extraño que circulasen a la par todas las monedas, de distintas nacionalidades, sin discriminaciones extrínsecas. Así, por ejemplo, en un duro en calderilla figuraban, además de las piezas españolas e inglesas en mayor proporción, otras monedas de otros países: belgas, francesas, italianas, marroquíes, portuguesas, etc.

    Al efectuar una compra o una venta poco se tenían en cuenta la acumulación de las monedas si en la operación la mayor parte de las piezas eran españolas e inglesas, únicas de curso legal. Las otras se toleraban por ser escasa la diferencia de valores entre sí.

    Sin embargo, en este estado de cosas, alguien entrevió un magnífico negocio, algo explotable en escala superior si se organizaba en todas sus facetas.

    Este alguien, según la voz popular, fue un banquero local que al mismo tiempo representaba una firma comercial denominada “Pérez Hermanos” y mejor conocida por Pérez y Laguillo.

    Al decir de las gentes, este banquero introdujo en La Línea monedas de cobre que compraba en los países cercanos: Portugal, Marruecos, Francia e Italia. Mezclaba las monedas extranjeras con las españolas en los paquetes de duros de calderilla y lo que antes fue proporción tolerante se convirtió en proporción abusiva. Las piezas extranjeras llegaron a circular libremente con la aceptación general de modo que aparentemente no perjudicaba ni beneficiaba a nadie, puesto que lo mismo se compraba y vendía con toda clase de monedas. El comercio seguía su ritmo y todo parecía ir viento en popa inflando el extraño negocio de los Pérez Hermanos.

    Más alguien se dio cuenta perfecta del asunto, tal vez el Banco Español de créditos    –único existente en la ciudad-, o quizás algún industrial al efectuar sus pagos en calderilla vio que le rechazaban las piezas que no eran de acuñación española, o, ¿por qué no?, bien pudiera haber sido el alcalde de aquellos días. La cuestión fue con sorpresa de todos, las autoridades publicaron un edicto exigiendo que se retirase de la circulación todas las monedas que no fueran españolas. El edicto indicaba que a fin de no perjudicar a los poseedores de dichas monedas se las canjearían por piezas españolas únicas de curso legal.

    Y lo que antes fue indiferencia en las gentes se convirtió lenta y progresivamente en hostilidad abierta contra la firma Pérez Hermanos, a quienes llegaron a insultar y apedrear la tienda de la calle Aurora, esquina a la de Ángel.

    La rápida intervención de los “serenos” acompañados de empleados del Ayuntamiento provistos de sacos y talegas repletas de calderilla española que cambiaron, a la par, por las monedas extranjeras, calmó los ánimos del público que por momentos se hacia más peligroso. Y el fulminante de la discordia se trocó motivos de bromas y chistes sin otra consecuencia que la de haber roto la monotonía pueblerina. ¡Ay, si todas las cosas se resolviesen de la misma manera!

    Y así terminó el negocio de las “Perras de Barba”, en apariencia inofensivo, pero que llevaba oculto en su seno el venenoso aguijón que tanto daño pudo causar a nuestra economía nacional.

                                                       A. CRUZ.




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