domingo, 21 de abril de 2013

La Línea se reivindica ante España 1922 por Guillermo Sánchez Cabeza

Capítulo 61





LA LÍNEA SE REIVINDICA ANTE ESPAÑA


Edición del “Noticiero” y original del cronista GUILLERMO SANCHEZ CABEZA.

Dedicado a los señores Ministros, Senadores, Diputados y Prensa de la Nación, 1922.


EXPLICACIONES  Frases mal sonantes escapadas de labios de un Consejero de La Corona y de algún diputado, por cierto socialista, al discutirse en el Congreso en el próximo pasado mes de abril la proposición presentada por tercera vez, por nuestro admirable representante en Cortes Sr. Torres Beleña, pretendiendo la justa y debida rehabilitación de la Aduana de la Línea; como así otras calificaciones contra esta Ciudad, de algunos periódicos de Madrid y provincias, al comentar lo ocurrido entre un carabinero apellidado Pedrosa y el paisano José Pérez Sola, me deciden a publicar el presente folleto, pretendiendo convencer a esos y a otros de la injusticia en que incurren, ya hablando o escribiendo sin la necesaria y honrada convicción para lanzar tan infames calumnias y recriminaciones.0

    He de advertir, que aun conociendo la indiferencia de nuestro país acostumbrado a no ver ni oír cosas buenas, pudieron decir algo grave, que seguramente la dormida alma nacional despertara indignada.

    Más, como no me agradan las acusaciones, procuro defender a este pueblo del agravio, dejando por prudencia en el tintero, bastantes afirmaciones tremendas a que me daba ocasión esta obligada defensa.

    No vengo a repeler, sino a convencer a los que de memoria o dominados por pasiones de discutibles purezas ofenden a un pueblo del que hay que reconocer el alma y llegar hasta el fondo de su corazón, antes de calificarlo.

    Es decir, que este folleto ya no es solo interjección de sorpresa y dolor al sorprenderle traiciones de hermanos y soportar inesperadas injusticias sino que anhelan alumbrar estas para bien dirigir las almas.




CAPITULO PRIMERO. COMO SE HACE UN PUEBLO.

    Pensamiento, que después la experiencia convence es una afirmación, es de Pitágoras que: “La necesidad hace a la fuerza”.

    Ciertamente nada obliga más al hombre que la necesidad y nada le enseña tanto como el dolor.

    Cuando visitamos pueblos situados en la falda de un monte, estando muy cerca de la preciosa llanura, no se explica por qué eligieron aquel sitio tan difícil para el caminante y fatigoso para quienes los poblaron cuando pudieron haber levantado esas localidades en terreno cómodo y quizás más productivos.
    Se repasa la génesis de ellos, se recuerda la época de su nacimiento, y entonces nos damos cuenta, considerando la condición de aquellos tiempos, de la razón de lo que creíamos una torpeza o una anomalía.

    La encantadora Andalucía, con hermosuras regaladas por la naturaleza, aunque poco reformadas y menos explotadas por la mano del hombre, viene ya bastante tiempo sufriendo toda clase de calamidades.

    Contra sus fatalismos, no se ha visto que los elementos directores del país proporcionaran remedios, dedicándose solo, a enviarle empleados del Fisco, o imponerle politiquillos más perversos que los antiguos señores de horca y cuchillo.

    Tales pueblecitos formados por nuestros antepasados, los ha ido la miseria desmoronando.

    La compasión de los gobiernos no llegaba y sí aumentaba rigores a las órdenes y confianza a los aludidos del Fisco y mandarines.

    Aquellos, sus habitantes honradísimos, mantenidos por la producción de sus tierras, que al abrirle surcos para depositar la semilla doblegábanse tanto que diríase eran figuras mecánicas que durante once horas besaban sin cesar la tierra, acosados por la miseria, huyendo de los rigores de la inanición, por eso de que la necesidad hace la fuerza, corrían hacia abajo, buscando a Gibraltar, donde creían encontrar pan y pez, o cuando menos puerta de salida para otro mundo, donde la oración del Padre Nuestro que habla del necesario alimento cotidiano y del perdón de las deudas, no fueran palabras de loro, sino oración grabada en la conciencia.

    La ciudad calpense, es de pequeñas dimensiones, teniendo los británicos sus poseedores, mucho cuidado en impedir por conveniencia política y principalmente por el gran amor que profesan a la higiene, vivan en ella más personas de las que una y otra cosas consideran discretas.

    Las caravanas de hambrientos llegadas a diario de los pueblos andaluces quedaban detenidas en un arenal, alfombra dorada extendida a los pies del histórico Peñón de Gibraltar, que está acariciado por la bandera española y tan cerca de la inglesa izada en la cumbre de la roca que cuando se unen sus flecos, ignorase si se besan diplomáticamente o se abofetean queriendo reparar antiguos agresivos.

    Así se formó La Línea. “La necesidad hace la fuerza”. Aquí no vinieron contrabandistas, sino resignados que soportaron las contrariedades o crueldades al buscar el pan y la justicia que les faltaban en sus amados terruños.

    A no ser por esta antesala de Gibraltar, refugio de esos afligidos, indudablemente hubieran regresado a sus hogares también, por lo mismo que asegura el sabio griego y con la enseñanza del dolor dispuesto a pedir pan aunque son las mismas ansias que un náufrago pide auxilio haciendo un esfuerzo para levantar la cabeza sobre un mar de agua salada lo harían ellos reclamando acallar el primer grito de la flaqueza humana y saciar el hambre del alma con justicia sobre otro mar de sangre.

    Esos arenales que empiezan a los pies del Monte Calpe se llaman hoy La Línea.
    Así, la Providencia se sintió compasiva con España e indulgente con sus gobernantes.

    La Línea ha enjugado lágrimas de muchos españoles y salvado a gobiernos ocurriendo a estos con ella lo de la fábula “El pastor y la serpiente”.



CAPITULO SEGUNDO. DETALLES.

    Cincuenta años de vida oficial ha cumplido este pueblo el próximo pasado febrero, habiendo sido su desarrollo tan admirable que en tan poco espacio de tiempo se ha construido una de las poblaciones más grande de Andalucía donde residen más de ochenta mil almas.

    No hay localidad en el mundo que se haya formado tan espontáneamente, tan maravillosamente, siendo su creación y desarrollo forzado y heroico por luchar contra los gobiernos que pretendían aniquilarla.

    La Línea no debe nada al Gobierno español, pues solo del presupuesto nacional, disfruta tan mínima cosa como si fuera insignificante aldea. 

    Dinero del Estado percibe: la paga de los carabineros, la de una docena de policías, otra de guardias civiles, cinco periciales de Aduana, un inspector de emigraciones el Comandante Militar, el Ayudante y el escribiente, un cura Párroco y dos coadjutores.

    Esto es todo lo que del presupuesto recoge la tercera población de Andalucía, más grande que cuarenta y cuatro capitales de provincia española.

    Hasta mil novecientos dos, que el Ayuntamiento presidido por don Juan Fariñas, creyó decoroso amueblar la oficina del Comandante Militar Subdelegado Gubernativo, tenia este por mesa de despacho una de munición y por asiento un cajón que había servido de envase a latas de petróleo, y para gastos de oficina nueve pesetas mensuales.

    Lo que debiera ser orgullo de un país y especialmente de sus directores, porque en la fecundidad está la grandeza de las naciones, resulta según sus palabras y sus obras un oprobio. ¿Y por qué? Porque no piensan, no estudian, no meditan, siendo siempre los eternos rutinarios. Así anda este pobre país; así es LA GACETA que leyéndose diríase se trata de una nación modelo, más en la realidad hay que corear a los firmantes que han asegurado que Marruecos empieza en Los Pirineos.

    Esa nuestra LA GACETA, estuche de oro que encierra joya falsa, sus mejores inspiraciones son ajenas y gran parte está escrita con sangre.

    Por eso al observador no extraña el raro procedimiento de nuestro Gobierno queriendo ahogar los justos afanes de un pueblo.

    Está, no obstante, de acuerdo que es Ciudad española, y se da cuenta de su importancia para exigirle todos los tributos que corresponden a su categoría.

    La Línea cuesta menos a la Hacienda Nacional que la Audiencia de Tetuan creada esplendorosamente para juzgar a media docena de meretrices y cantineros, habiendo años que ha costado cada juicio siete mil duros.

    Y antes de la iniciación de esta Ciudad, el comercio de Gibraltar, como así sus fábricas de tabaco eran veinte veces mayor que ahora y cuando no se creía que tal pueblo iba a crearse tan milagrosamente, ya estaban hechos los cimientos con el contrabando de algunos capitales muy importantes y que los disfrutan familias de individuos que han sido consejeros de La Corona, otros permanecen a la nobleza, y hasta algunos con cargos palatinos.



CAPITULO TERCERO. EL PUEBLO CONTRABANDISTA.

    Media hora antes que Febo despliegue sus sábanas de púrpura enseñando su rostro y cabellera de oro, los pueblos diseminados en esa preciosa herradura de tierra que figuran Gibraltar y su Campo, oyen el estampido de dos cañones.

    El ruido de uno viene de más allá del Estrecho, de Ceuta; el otro parte de la cresta de Calpe. El primero no mueve a nadie, escuchándose con indiferencia, el segundo, despierta del sueño a varios pueblos, pone en agitación a millares de criaturas, hace mover muchos brazos, arranca gritos del yunque, obligando la circulación de vapores, carruajes, automóviles y abre el grifo del sudor que no se cierra hasta mucho después que el sol ha declinado y brillan en el firmamento inmensidad de estrellas pareciendo alelíes en un claro y calmoso lago.

    Una hora antes de disparar ese cañón, en la explanada y calles afluentes a la carretera de Gibraltar, están atestadas de público. Los muchos establecimientos de bebidas que por allí hay, están invadidos por personas que se desayunan. Es un espectáculo muy parecido al que se presencia en la Puerta del Sol, calle de Alcalá y carrera de San Jerónimo, en Madrid, al anochecer, con la sola diferencia que aquí no se ven elegantes trajes, sino todos visten blusas y llevando cada uno un cestito con el almuerzo.

    Esa muchedumbre inmensa, una vez disparado el cañón, entra ordenadamente en Gibraltar, pareciendo que asisten a un entierro, a ganar con el sudor de su frente lo necesario para sí y los suyos.

    Ya no regresan hasta la noche. Durante esas horas la alegre población de La Línea, está silenciosa viéndose muy pocas gentes en sus calles.

    Llega el domingo, día que observan rigurosamente los ingleses y entonces cambia de aspecto la ciudad. Sus calles parecen que ríen, siendo ocupadas por aquel mismo pueblo que con la cara tiznada y las blusas llenas de manchas regresan todas las tardes de Gibraltar, de su trabajo, y ahora van limpios y relativamente bien vestidos. Es el único día de la semana que se venden flores en el mercado, y que los floreros y dulceros se multiplican cantando sus mercancías por las calles.

En cada esquina un piano de manubrio lanzando al espacio sus notas armónicas; en los patios se organizan verbenas; los teatros se llenan; a los toros, alas carreras de caballos, a los juegos de pelotas se va el vecindario; los cafés no cesan de estar invadidos durante ese día.

    La Línea no tiene más fiestas que el domingo, el día de pascuas y el Viernes Santo, pasando desapercibidas las otras.

    Los pueblos contrabandistas, los que viven de las aventuras no tienen días fijos para descansar y disfrutar, sino que lo hacen cuando el resultado de la atrevida empresa se lo permite.

    Con solo presenciar el domingo en esta Ciudad bastaría a nuestros gobernantes, si tuvieran espíritu de observación, para arrepentirse del mal trato y de las injurias contra un pueblo de virtudes.

    La mayor parte de sus fincas pertenecen a los extranjeros, y la otra está hecha a fuerza de ahorro. Lo demuestra el hecho de que para concluirlas han tenido que ser hipotecadas. Ni una sola casa se ha fabricado con dinero del contrabando. Sin embargo, en Algeciras, ciudad hermana nuestra y con la siempre anhelan convivir los linenses y hasta la aceptaron gustosos por su brillante historia y por la bondad y lealtad de sus hijos como tutora de esta Región, que espiritualmente no pertenece a la provincia de Cádiz, formando el Campo de Gibraltar, ya casi de hecho otra aparte, se observan lujosos chalets, construidos por esos que yo llamo contrabandistas de R. O.

    EL GLOBO, célebre periódico que fue afecto al inmoral Castelar, en Marzo de 1888 publicaba un sueldo extrañándose, como un pericial de Aduanas hijo de un cocinero había construido un elegante palacio y gastado en el convite y baile con que obsequió la noche de la inauguración a lo más importante del vecindario algecireño, doble sueldo del que apercibía por año.

    Con decir que la Línea es el único pueblo de España donde no hay ricos, pues no se debe considerar como a tales a unos cuantos que poseen dos trajes, se comprenderá que la vida de aventuras no existe y que todo pan que come está amasado con honrado sudor.



CAPITULO CUARTO. ALGO DE HISTORIA.

    Las virtudes del pueblo linense llegan hasta el extremo de imitar al sándalo que perfuma al hacha que la hiere Ciudad que tributa como todas y con relación a su importancia y población, que según los gobernantes por ser fronteriza carece de derechos aunque tenga todos los deberes.

    A ella le ha costado penosamente un calvario alcanzar del Gobierno una carretera de seis kilómetros que la una con pueblos hermanos.

    Tal concesión parecía antipatriótica a muchos de nuestros superhombres, pues concluidos esos caminos  quebrantábase la integridad del país.

    Es decir, que los ingleses ya no estaban en Madrid gracias al obstáculo de no haber terreno apisonado de La Línea a San Roque; cada bache que existía debiera, según opinión de los contrarios a la ejecución del arreglo de dicha carretera, merecer la Cruz laureada de San Fernando.

    ¡Habrá algo más estúpido y más ridículo! En esa campaña de oposición se distinguió el tristemente célebre don Valeriano Weyler, aquel que, sino pacificó Cuba, provocó con sus crueldades la guerra pedida en el parlamento norteamericano, siquiera por humanidad.

    Los ingleses ansiosos de reducir Gibraltar exclusivamente a plaza militar, política muy inspirada por el que fue famoso ministro de las Colonias, el gran estadista Chamberlais, siendo en mil ochocientos noventa y cinco presidente del Consejo de Ministros –aquel gran hombre que murió bajo el peso del mortífero plomo de Angiolillo- Sr. Cánovas del Castillo, y Ministro de Hacienda el señor Navarro Reverte, pactaron con el gobierno español no solo imposibilitar la fabricación del tabaco en Gibraltar, sino poner ciertas trabas a su exportación.

    Con tal acuerdo resultaba la política inglesa auxiliar de nuestros carabineros.

    Y en efecto, empezó sus gestiones con relativa honradez y legalidad teniendo que detenerse en sus hechos para no dar un escándalo mundial, porque a cuantos sorprendían exportando tabaco, vestían uniforme con galones dorados o se declaraban altos personajes.

    En mil novecientos ocho, el gobierno inglés construyó la alambrada allí donde termina su discutible jurisdicción.

    El General Gobernador del Campo de Gibraltar, entonces señor Bazán quiso oponerse, ignorando que los generales que vienen a Algeciras según R. B. firmado por don Alfonso XII en mil ochocientos ochenta y uno y propuesto por mi maestro, para quien siempre tengo recuerdo piadoso, don Francisco Romero Robledo, con quebrantadores del derecho de ciudadanía de frontera para dentro en su comarca y mirando a Gibraltar, ordenanzas incondicionales del Gobernador de esa plaza.

    A eso se llama diplomacia. Es cierto que los pueblos débiles son los diplomáticos.


CAPITULO QUINTO. RASGOS.

    Desde la fecha del convenio de ambos gobiernos Gibraltar en vez de ser contrabandista ha sido carabinera. En lugar de perseguida, persecutora.

    Existe en La Línea dos compañías de carabineros y como auxiliares el Cuerpo pericial de Aduanas, el de inspección de Seguridad y la Benemérita. Nuestro Código resulta cruel con el contrabandista.

    El individuo que quisiera a espaldas de la Ley introducir una arroba de tabaco en La Línea, resultaría cínico, desaprensivo y valiente.
    En  Gibraltar satisface inmenso derecho, después de cierta documentación el alcohol. En esa plaza no hay más que un hombre desarmado para evitar el matute, no entrando en ella ni un buche del género prohibido.

    En cambio, nosotros con los doscientos carabineros armados de máuseres, con auxiliares, con el enorme peso de un Código cruel, circundada la población por una alambrada de dos metros y medio de espesor, llega el momento que el tabaco se vende cinco céntimos más caro que en Gibraltar.

    ¿Y por qué es eso? Ahí hay muchas contestaciones. Una de ellas, la que en estos momentos interesa, es la de hacer funcionarios de Hacienda, llámese carabineros o periciales, para matarlos de hambre el Estado. Los ha hecho prevaricadores, violentamente los ha nombrado contrabandistas de R. O.

    Hasta hace poco, un carabinero cobraba diez y ocho perras grandes de sueldo por otras tantas horas de servicio con continua exposición de su vida, y un pericial, a quién se le entregaba los grandes intereses de la Hacienda, míseras cuatro pesetas diarias.

   Los heroísmos valen en las solemnidades de las circunstancias. Pretender héroes anónimos, resulta tanto como hacer el padrón de la habitalidad de los mundos desconocidos de que nos habla Flanmarión.

    La Línea en su apogeo, ha visto cerrar muchas fábricas de tabaco en Gibraltar. Ella posee el mérito de ser el primer cliente de Andalucía, de Cataluña, pues cuenta con más establecimientos de tejidos que la misma Sevilla.

    La guerra mundial, entre otras grandes enseñanzas, tuvo la de demostrar al mundo, que Gibraltar en negocio de tejidos era compradora de los productos de Cataluña aunque poniéndole marca inglesa.

    La vecindad de esa población y la de todo Marruecos, viene a comprar a La Línea, llegando en ocasiones, a ser tan numerosa la clientela gibraltareña y marroquí, que ha habido momentos de intervenir la policía municipal, buscando que ordenadamente adquieran los compradores los géneros deseados.

    El inmortal amigo, don Joaquín Costa, ya herido de muerte y oyéndole su santa hermana, casualmente el mismo día que don Alfonso de manera anónima, le hizo el regalo de los diez mil duros, aquel gran corazón, ese espléndidamente iluminado cerebro, me decía: “No cese de luchar por el Campo de Gibraltar, él, como Cataluña, han de ser la salvación de la patria”.

    Cuando a ruegos míos vino a presidir el Jurado de los Juegos Florales que organicé en Ceuta, el eminente dramaturgo, hoy mi compadre, don Jacinto Benavente, también dijo que “si el Peñón de Gibraltar no sombreara no tendría España pueblos tan simpáticos como La Línea y Algeciras.”

    El mismo General Bazán, aseguró en un banquete que daba el simpático Alcalde de Algeciras, don Antonio Román en su fiesta onomástica, que “no existiría media provincia de Cádiz y otro tanto de la de Málaga, ni valdría tanto Marruecos si no fuera por la enseñanza de los maestros de escuela de Gibraltar y por el alegre rumor de los besos de unas con otras de las libras esterlinas”.



CAPITULO SEXTO. CONSIDERACIONES.

    El insigne crítico literato P. Blanco dice que Gibraltar es la cloaca universal.

    Al sabio sacerdote, a quien conocí el mismo día con el Padre Coloma en Toledo, y acompañado del Cardenal Lodge, primado de la simpatiquísima Irlanda, que ya contaría noventa años, advertí que era mejor vivir en los sumideros que en los palacios.

    Gibraltar es la ciudad del orden, de la paz y de la justicia. En ella, donde está durante catorce horas ganándose el pan cotidiano el pueblo de La Línea, ha ocurrido que al reunirse el Tribunal Supremo de Justicia, en vez de entregar sumarios al juez, ha regalado, según ceremonia británica el Gran Jurado en bandeja de plata, el par de guantes blancos, por no haber a quien juzgar. Ese es el pueblo linense calificado de malhechor. ¿Cómo es tan virtuoso en Gibraltar? ¿Por qué rinde su temperamento a la sombra de aquella bandera, transigente, indulgente, dulce y humilde? ¿Cómo cobijándose con la gualda y roja se siente agrio y agresivo, según opinión general?

    No disparatad; no reñid con el sentido común. Aquí como allí, La Línea es un pueblo de inmensas virtudes, de tantas, que para regeneración de la patria deben tener otros pueblos el reflejo de su alma.

    El único Ayuntamiento que satisface legalmente sus compromisos con la Provincia y la Hacienda es el de esta Ciudad. Y ella, en el poco tiempo de vida que cuenta ha urbanizado una población de tan inmensa categoría sin auxilio de nadie.

    Es verdad que el señor Canalejas, siendo presidente del Consejo de Ministros, con su regeneradora política emancipó de la arbitrariedad del caciquismo provincial a los pueblos, acción redentora continuada por la labor del diputado señor Torres Beleña, y la sublime arrogancia, jamás bastante agradecida, del patriarca de esta población, don Luis Ramirez Galuzo.

    Esto no obstante, pagamos a la Provincia anualmente 56,980 pts para que después enviamos un enfermo y nos lo dejan en el portal del hospital Moreno de Mora.

    A un tal llamado Roque Duarte, para quien me dio don Miguel Ramirez el dinero del viaje, ocurrió eso; más indignado y encontrándome en Madrid fui a lamentarme al ministro de la Gobernación, entonces señor Garcia Pristo, que formaba parte del Gobierno de los super-hombres presididos por el señor Maura, a inculcar en su corazón el justo clamor de esta ciudad.

Me consta que tanto el Gobernador, como la virtuosa superiora de las Hermanas de la Caridad de dicho establecimiento benéfico, fueron en busca del enfermo, que ya pertenece a la mansión de los muertos y que vivía en el conocido patio de los Huesos.

    También ha contribuido a ganar esa victoria contra el lúgubre caciquismo de la provincia don Serafín Romeu, diputado a Cortes por el colindante distrito de Medina Sidonia, que tiene pueblos pertenecientes al Campo de Gibraltar.

    Con razón me decía el gran don Francisco Cambó viajando con él desde el puerto de Santa María a Córdoba predicando los regionalismos iberos, “solo hace falta mimo al distrito de Medina Sidonia, para que aquellos pueblos sientan el amor; hasta ahora no conocen más que el odio.”

    Don Francisco tenía razón. Don Serafín Romeu, sacrificando allí con su inmensa voluntad al caciquismo provincial y demostrando en horas de amargura a los pueblos que representa en el Parlamento, que obras con amores, ha contribuido espléndidamente a la emancipación de la perniciosa tutela a esta comarca.



CAPITULO OCTAVO. CONCLUSIÓN.

    Ya lo he dicho varias veces. En este país el porvenir es de los tercos. Por suerte el caballero que nos representa en el parlamento posee fama de tozudo y perseverante.

    En el año 1901 se me calificó en el Congreso de primera semilla sembradora del separatismo en la leal tierra andaluza.

    Así como los pueblos más cobardes son los más diplomáticos, ocurre que a la debilidad de otros la creen lealtad.

    Cataluña ha hecho más patria que Madrid; Barcelona es palustre, Madrid piqueta; aquella, conciencia, la otra estómago.

    Indicación de un diputado muy parecido al señor Torres Beleña, es la de hacer una bandera para el Campo de Gibraltar.

    He aplaudido la iniciativa para en caso de la continuación de desdenes arriar aquella y mantener flamante la otra. Hasta la misma Iglesia dice que la caridad bien ordenada empieza por uno mismo.

    No exigid patriotismo a una patria que niega los medios de vida a pueblos deseosos de trabajar y luchar buscando el engrandecimiento de la misma.

    Aquí queremos establecer industrias, abrir fábrica, que el cielo lo cubra el humo vomitado por chimeneas, y esto, que es una petición tan justa como noble nos la niegan por ser pueblo fronterizo.

    Entendemos que ciudades colindantes con otras extremas, si se teme el quebranto de la unidad nacional, deben estar muy bien guarnecidas, espléndidamente fortificadas, pero que se crea que los intereses de la patria están salvados privando de derechos de ciudadanía y hasta tratándole de arrebatar el pan cotidiano a los hijos del país, eso resulta lo más ridículo e infame que se pueda concebir.

    Así no se gobiernan los pueblos. La Línea, como todas las poblaciones hermanas del Campo de Gibraltar se encara hoy con esos gobiernos que desgobiernan, diciéndoles: “Ha llegado la hora del reconocimiento de las virtudes”.

    Diógenes vale hoy más que Alejandro el Magno. Si Alvaro de Luna, Cardenal Cisneros, Colón, y el Gran Capitán, aquellos que fueron tan leales como aportadores de grandeza a la Nación, sacudieron el polvo de sus calaveras y volvieron a vestirse con el ropaje de los vivos, viendo que un grande se olvida de su alta jerarquía y va a recibir a otros que han anegado de lágrimas a su país, retrocederían a sus sepulcros diciendo: ¡Cómo cambian los tiempos! Antes a la mano que edificaba se amputaba; ahora, a la que mortifica, se besa.

    Pueblos hermanos: Estamos en el momento de las reivindicaciones. No olvidad que el Campo de Gibraltar ya no es la salvación de la patria, sino la escuela donde tienen que aprender a ser virtuosos el resto de los españoles.

    Esas buenas condiciones no la hemos aprendido de localidades pretendientes a vivir del presupuesto nacional, aspirantes a que las favorezcan con un batallón para entretenerse viéndolo en sus instrucciones militares y después comentar los gestos y las palabras de politiquillos de casinos o reboticas, sino de otros países, convencidos de que en la fecundidad está la grandeza.

 En una palabra: El Gobierno ha de concedernos el derecho a laborar, o de lo contrario, contra él laboraremos.

    Queremos al padre, más odiamos a los padrastros, amamos a la madre, pero maldecimos a las madrastras.

                 G. SANCHEZ CABEZA.
    





Antonio Cruz de los Santos



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